David Beckham, Naomi Campbell, Muhammed Ali, Beyonce, Britney Spears y Liz Hurley tienen algo en común: todos ellos posaron hace años con barritas de leche para diversas campañas publicitarias. Nada sorprendente, pues cualquier niño conoce el lema: “La leche es sana y fortalece”.
Pero, ¿es realmente sana la leche?
Convencidos de estar fortaleciendo la salud y los huesos, los ciudadanos alemanes consumieron en 2005 una media de 65,8 kilogramos de leche, 29 kg. de cuajada y bebidas lácteas (por ejemplo, yogures) y, adicionalmente, 22 kg. de queso. Este consumo es apoyado por las recomendaciones nutritivas oficiales de la Sociedad Alemana para la Nutrición (DGE) que, desde 1956, dicen así: “Tome, por lo menos, medio litro de leche”. Esto supone un éxito para las 100 empresas productoras de leche, representadas por la Asociación de la Industria Láctea (MIV), que anualmente alcanzan una cifra total de negocio de 20 millardos de euros y se sitúan, de esta forma, en lo más alto de la industria alimenticia. Pero, ¿que hay más allá de los efectos saludables del líquido blanco? ¿Es realmente cierto que, a través del consumo de leche, se logran alcanzar estos beneficios?
Una mirada hacia atrás
No hace tanto tiempo que el hombre descubrió la leche como alimento. Hace 7.000 años, cierta población de los Urales comenzó a incluir la leche en su dieta. Los investigadores genéticos creen que se realizaron mutaciones de ADN para mantener la producción de lactosa. La lactosa es una enzima necesaria que se divide en el intestino en glucosa y galactosa. Todos los mamíferos, incluido el hombre, producen lactosa en la niñez, pero esta capacidad se pierde completamente durante la edad adulta. En las poblaciones caucásicas se debieron realizar cambios genéticos, hace miles de años, para poder seguir produciendo esta enzima tras la niñez.
Intolerancia a la lactosa
La evolución ha traído consigo dos tipos distintos de resistencia a la lactosa. Aproximadamente el 13-14% de los consumidores alemanes de leche son intolerantes a la lactosa. Pero, en algunas partes de Asia y África, esta cuota se sitúa en el 99-100%. Y es que este alimento apenas tiene importancia en la comida asiática. En Europa, se habla de los gustos norte-sur: los escandinavos no parecen tener problemas con la lactosa.
Al contrario, existe una intolerancia a la lactosa del 30% en los países mediterráneos. Según los científicos, a nivel mundial, el porcentaje de intolerancia a la lactosa es, aproximadamente, del 75%. La mayoría de las personas no dispone (o dispone de manera insuficiente) de los elementos biológicos necesarios para digerir la lactosa. Uno de los argumentos de las personas que son críticas con el consumo de leche dice así: “La leche es un alimento para bebés y niños pequeños. Una vez que las personas crecen, pierden, por regla general, la capacidad para producir lactosa”.
Incompatibilidad con la leche
Si la enzima falta, para poder dividir la lactosa, los hidratos de carbono tienen que conseguir situarse en las regiones más profundas de los intestinos. Allí se desintegrarán a través de las bacterias residentes. Ahora bien, los ácidos y gases que se originan son los que pueden desencadenar flatulencias, dolores intestinales, diarrea e incluso dolor de cabeza y mareo. Ante la confusión o duda de ser intolerante a la lactosa, tampoco hay que evitar a toda costa los productos lácteos. Existen ciertos productos fermentados (yogures y quesos) que, con la ayuda de bacterias y enzimas, transforman la lactosa en cuajo, con lo que el producto resulta más soportable.
¿Provoca enfermedades la leche?
Aparte de por la frecuente intolerancia a la lactosa, a la leche se le hace responsable de otros problemas de salud. Los datos sobre la posible influencia de los productos lácteos en los cánceres de próstata son inquietantes. Un estudio científico sobre la salud, que se realizó a lo largo de 11 años con 20.000 participantes, dio como resultado el siguiente: los hombres con un consumo diario de más de 2,5 piezas de productos lácteos tenían un riesgo mayor de contraer cáncer de próstata. La culpa debe ser de la elevada ingesta de calcio a través del consumo de leche. Con una ingesta diaria de más de 600 mg. de calcio se reduce la vitamina D3, una hormona que tiene funciones preventivas para el desarrollo del cáncer de próstata.
¿Es buena contra el cáncer o provoca alergias?
Otros estudios señalan que la leche tiene efectos positivos en la salud, como es retrasar la aparición de ciertos tipos de cáncer. También es interesante tener en cuenta la relación que se establece entre la proteína de la leche (la caseína) y las reacciones alérgicas. Desde hace un tiempo, algunos médicos naturistas creen que la proteína de la leche puede generar distintos tipos de alergias.
Fortalecimiento de los huesos
Si se mira desde un aspecto fisiológico-nutritivo, la leche es un alimento impresionante, ya que ningún otro contiene tantos macro y microelementos: aminoácidos esenciales, vitamina B12, calcio, hierro y cinc.
Lo que todos los entrenadores de fitness e investigadores deportivos saben es que, para la creación de la masa ósea durante la juventud y para mantenerla en la edad adulta, el contenido elevado de calcio de la leche juega un papel esencial. Ahora bien, como se ha constatado en un estudio de la Universidad de Harvard, no existe una conexión entre el consumo de leche y una posible prevención de la osteoporosis.
Nuevos descubrimientos
Según los estudios científicos más recientes, los aminoácidos y el movimiento hacen que los huesos se fortalezcan, no la leche. Ni siquiera la vitamina D y los complementos de calcio entran ya a formar parte de las terapias contra la osteoporosis. Otros sustratos, como la arginina, están hoy en día en el punto de mira de los expertos. El don de este aminoácido esencial consiste en estimular la liberación de la hormona del crecimiento, con lo que influye en la creación de masa ósea. De la leche y el queso ya no queda ni rastro en numerosos tratamientos contra la osteoporosis.